Pero esta vez Alba me ha regalado un espejo diferente, en el que, de momento, sólo acierto a mirarme a escondidas.
Tengo seis años, una hermana sonámbula y una madre que nos protege del mundo. Pero yo sé que hay baños en los trenes y que Zaragoza no está tan lejos de Francia.
miércoles, 17 de agosto de 2011
once meses
Cuando tenía la edad de Alba, me fascinaba el espejo de la madrastra de Blancanieves y al menos en un par de ocasiones invoqué al de mi cuarto con curiosidad y algo de temor, puesto que entonces ya intuía que enfrentarse a la verdad es una práctica de consecuencias impredecibles. Con el tiempo descubrí que los espejos mágicos estaban por todas partes y que eran mucho más peligrosos de lo que jamás hubiera imaginado. Yo tiendo a mirarme en espejos que me devuelven imágenes monstruosas, espejos cuyos reflejos golpean mi rostro hasta deformarlo, que enturbian cuando me miran, que se ceban en mis miserias con sus formas cóncavas.
viernes, 12 de agosto de 2011
BLANCOS
A mamá le gusta mucho un programa de televisión en el que unas mujeres van a comprarse un traje de novia. Un traje de novia es un vestido que no es de esta época y con el que tienes que parecer una princesa de cuento (no como Letizia, que va con pantalones y vestidos rojos y faldas cortas). Eso es muy importante porque lo dicen todas las novias: "el día de mi boda quiero parecer una princesa", y todos ya saben que es de cuento. Hasta Letizia se cambió a princesa de cuento. Es una información que no hace falta decirla.
Si no eres una novia, los vestidos de novia te parecen todos del mismo color: blanco. Pero las novias son como los esquimales. La maestra nos contó que los esquimales podían distinguir decenas de blancos diferentes. Las novias, igual.
- ¿Por qué llora esa novia?
- Porque en la primera prueba del vestido, se ha dado cuenta de que no es del mismo color que el que le sacaron la primera vez.
- ¿Y de qué color era ese vestido?
- Blanco.
- ¿Y este no es blanco?
- Sí, pero otro tono.
Mamá, como ha sido novia, es también un poco esquimal.
Al final todo se solucionó y cuando la novia salió a enseñárselo a su madre y a a sus amigas (está prohibido ir a comprar el vestido de novia sola) todas se pusieron a llorar. Pero lloraban porque la veían guapa. Hay un llorar de alegría, un llorar de tristeza y un llorar de belleza, que mientras lloras dices ooooohhh.
-Así sí que puedo casarme - dijo la mujer-princesa, entre lágrimas.
- Mamá, ¿me enseñas las fotos de tu boda?
Y ahí estaba mamá-princesa, con un vestido blanco (blanco roto, dijo mamá, yo lo vi perfecto), sonriente, guapa, delgada, morena, con unos rizos castaños que caen por su cuello como guirnaldas. Igual de guapa que hoy, con los mismos ojos grandes que dicen que yo he heredado.
domingo, 31 de julio de 2011
EL PUEBLO
Hoy hemos ido a jugar a casa de Jorge Abadía mi amiga Nuria Bellavista y yo. Jorge acaba de venir de su pueblo y nos ha enseñado el libro de las fiestas. Ni Nuria Bellavista ni yo tenemos pueblo, pero a las dos nos parecería muy chuli tenerlo. Yo no tenía muy claro lo que era un pueblo, pero en el libro de fiestas lo explica todo. Un pueblo es como un país, pero en pequeñito. Y todo el mundo importante lleva una cinta brillante que va desde en hombro a la cintura. El alcalde es el que manda, pero luego están las reinas, que son más importantes. Las reinas se pasean por el pueblo con carroza y corona y la gente las aplaude. Cada año las reinas cambian porque en los pueblos manda el pueblo (normal). Las reinas son chicas mayores que salen en las fotos mirando al cielo y con la cabeza inclinada, como si estuvieran echando de menos al rey. Pero nunca hay reyes ni los pueblos los echan de menos (deben de ser femimistas). En los pueblos todo el mundo es feliz y salen en las fotos siempre un montón de gente bebiendo vino y medio cayéndose de risa.
Pero no es lo más guay del libro de fiestas. Lo más guay es que pone que además de reina puedes ser HIJO ADOPTIVO. Como no lo entendíamos muy bien, Jorge nos lo explicó: son personas que no son del pueblo, pero que el pueblo las adopta.
- ¿Como a las niñas chinas?
- Sí, como a las niñas chinas- respondió Jorge subiendo y bajando la cabeza y abriendo mucho los ojos.
- ¿Porque se ha quedado sin papás?
- Eso será.
- ¿Y si Nuria y yo queremos que tu pueblo nos adopte...?
-...
- Sí, creo que sí... - dijo muy serio Jorge, mientras los tres mirábamos a los papás que tomaban café y se reían.
Tener pueblo está muy chuli, pero, por ahora, no va a poder ser.
miércoles, 27 de julio de 2011
MALDICIÓN
Me he enterado de que ser mayor no es lo más importante. Yo quería ser mayor así, rápido, para poder hacer cosas como tener una moto, o ir al cine con mis amigas, como Bea, o montar sola en el ascensor para ir a ver a la vecina, o tener una tarjeta con numeritos para que mis patines nuevos los pague el banco, o entender el lenguaje secreto que a veces usan papá y mamá delante de mí y que dice la maestra que está tan feo (eso de hablar en clave).
Pero me he enterado de que ser mayor no es lo más importante. Cuando llegas a mayor, a los 16, creo, lo más importante del mundo es que sepas cocinar. Para que no se te pase el arroz.
Si se te pasa el arroz, es una desgracia muy grande como una catástrofe o algo así. Primero, porque el arroz se pega y está asqueroso, puaj! y segundo, porque te pasan desgracias. Es como una maldición, "la maldición del arroz". La primera vez que oí hablar de la maldición fue en casa de la abuela.
- Abuela, ¿tú no te sacas el carnet de conducir como mamá y las tías?
- No, cariño, a mí ya se me ha pasado el arroz.
- ¿Estás segura, abuela? Yo creo que a ti no se te pasa ni se te pasará nunca el arroz.
- ¡Qué mona eres, Alba! Trae que te dé un beso.
Pobre abuela. Y eso que ella, normalmente, cocina muy bien. Pero con el arroz hay que estar muy atento, que te descuidas un día y ¡zas!, la maldición. Aunque a la abuela la llevan y la traen mis tías y mi mamá en coche cada vez que lo necesita, que a las personas con maldiciones hay que ayudarlas. Es peor lo que le pasa a Maruja, la amiga de mamá, que se le pasó el arroz y ya nunca se va a casar ni a tener hijos y por eso quedan con ella a tomar café para que no esté sola. Porque cuando se te pasa el arroz, te toca una maldición u otra, como una lotería.
Estuve pensando en ello dos días enteros.
- Mamá, quiero aprender a cocinar arroz antes de cumplir 16.
- Bueno, bueno, bueno, Albita. Por fin una afición de señorita. ¿Y a qué se debe este nuevo interés? ¿Vas a cocinar para gustarle más a Jorge Abadía, eh, eh, eh?- respondió mamá con voz de dibujo animado y pellizcándome la mejilla.
- Jorge Abadía también va a aprender a cocinar arroz. Mejor que aprendamos los dos por si acaso a uno se le pasa. El otro se podría ocupar, ya sabes- le dije yo a mamá, utilizando el lenguaje secreto de los papás.
- ¡Qué moderna eres, hija mía!- me miró mamá con orgullo. Y me dijo que me estaba haciendo mayor.
¡El tiempo vuela, jopé!
Pero me he enterado de que ser mayor no es lo más importante. Cuando llegas a mayor, a los 16, creo, lo más importante del mundo es que sepas cocinar. Para que no se te pase el arroz.
Si se te pasa el arroz, es una desgracia muy grande como una catástrofe o algo así. Primero, porque el arroz se pega y está asqueroso, puaj! y segundo, porque te pasan desgracias. Es como una maldición, "la maldición del arroz". La primera vez que oí hablar de la maldición fue en casa de la abuela.
- Abuela, ¿tú no te sacas el carnet de conducir como mamá y las tías?
- No, cariño, a mí ya se me ha pasado el arroz.
- ¿Estás segura, abuela? Yo creo que a ti no se te pasa ni se te pasará nunca el arroz.
- ¡Qué mona eres, Alba! Trae que te dé un beso.
Pobre abuela. Y eso que ella, normalmente, cocina muy bien. Pero con el arroz hay que estar muy atento, que te descuidas un día y ¡zas!, la maldición. Aunque a la abuela la llevan y la traen mis tías y mi mamá en coche cada vez que lo necesita, que a las personas con maldiciones hay que ayudarlas. Es peor lo que le pasa a Maruja, la amiga de mamá, que se le pasó el arroz y ya nunca se va a casar ni a tener hijos y por eso quedan con ella a tomar café para que no esté sola. Porque cuando se te pasa el arroz, te toca una maldición u otra, como una lotería.
Estuve pensando en ello dos días enteros.
- Mamá, quiero aprender a cocinar arroz antes de cumplir 16.
- Bueno, bueno, bueno, Albita. Por fin una afición de señorita. ¿Y a qué se debe este nuevo interés? ¿Vas a cocinar para gustarle más a Jorge Abadía, eh, eh, eh?- respondió mamá con voz de dibujo animado y pellizcándome la mejilla.
- Jorge Abadía también va a aprender a cocinar arroz. Mejor que aprendamos los dos por si acaso a uno se le pasa. El otro se podría ocupar, ya sabes- le dije yo a mamá, utilizando el lenguaje secreto de los papás.
- ¡Qué moderna eres, hija mía!- me miró mamá con orgullo. Y me dijo que me estaba haciendo mayor.
¡El tiempo vuela, jopé!
sábado, 16 de julio de 2011
BICICLETA
Como papá está de vacaciones, se levanta a las seis de la mañana para coger la bici y salir a la carretera.
- La bici es lo mejor del mundo, Alba.
Para ir en bici hay que arreglarse de bici, como cuando vas a una boda tienes que ir de boda. Igual. Papá se pone unos pantalones por encima de la rodilla muy ajustados que se llaman culotte, una camiseta que se llama maillot, un casco que se llama casquette y unas zapatillas que se llaman zapatillots. Papá dice que no se llaman así, pero seguro que papá no tiene ni idea porque no sabe francés. Aprender lenguas es muy importante, como dice la maestra.
Papá siempre va de colores aburridos, mamá los llama neutros, pero su ropa de bici es fosforito de colorines: amarillo, rosa, azul. Para que los coches no se lo lleven por delante, dice papá.
- No te apures por eso, cariño, que si algún conductor ciego se te lleva por delante, siempre podrán dar la voz de alarma los astronautas de la estación espacial internacional.
A mí eso me deja más tranquila y me parece superchuli que a papá se le vea desde el espacio. A mamá, al contrario. Dice que esos colores le quitan las ganas. Es raro, porque a mí los colores alegres me dan más energía. Debe de ser porque mamá es una señora.
- La bici es lo mejor del mundo, Alba.
Para ir en bici hay que arreglarse de bici, como cuando vas a una boda tienes que ir de boda. Igual. Papá se pone unos pantalones por encima de la rodilla muy ajustados que se llaman culotte, una camiseta que se llama maillot, un casco que se llama casquette y unas zapatillas que se llaman zapatillots. Papá dice que no se llaman así, pero seguro que papá no tiene ni idea porque no sabe francés. Aprender lenguas es muy importante, como dice la maestra.
Papá siempre va de colores aburridos, mamá los llama neutros, pero su ropa de bici es fosforito de colorines: amarillo, rosa, azul. Para que los coches no se lo lleven por delante, dice papá.
- No te apures por eso, cariño, que si algún conductor ciego se te lleva por delante, siempre podrán dar la voz de alarma los astronautas de la estación espacial internacional.
A mí eso me deja más tranquila y me parece superchuli que a papá se le vea desde el espacio. A mamá, al contrario. Dice que esos colores le quitan las ganas. Es raro, porque a mí los colores alegres me dan más energía. Debe de ser porque mamá es una señora.
martes, 12 de julio de 2011
SIN ÁNIMO DE OFENDER
El apellido de papá es de Vazques. Papá siempre se queja de que lo escriben mal. Si papá fuera maestra, sabría que cuando dices una palabra nueva hay que explicar cómo se escribe. Eso hace la maestra en los dictados y funciona casi siempre. Pero papá dice que hay gente que se ofende si le dices cómo se escriben las palabras. Dice la maestra que cuando pensamos que vamos a ofender a alguien con nuestras palabras, es mejor callarse, pero si tenemos que hablar obligatoriamente, debemos utilizar unas palabras que son siempre igual y que son: "sin ánimo de ofender".
Así que cuando fui al médico con papá, y decía "Vazques", yo saltaba: "con s sin ánimo de ofender".
O cuando se apuntó al gimnasio, y le preguntaron el apellido, yo otra vez: "con s sin ánimo de ofender".
Papá me riñó, que dejara de decir eso no por nada, sino porque es muy largo y cansas a la gente.
Así que estuve pensando qué se hace con las palabras cuando son demasiado largas.
Y cuando fuimos a la iglesia para las bodas de oro de los abuelos, el cura nos habló con voz importante.
- Estamos aquí reunidos para celebrar que Agustín de Vázques...
- ¡Con ese al final s.a.d.o!
Nunca mamá me había pellizcado tan fuerte. Y luego mamá y papá me hicieron muchas preguntas sobre los programas que veo en la tele.
Es raro, cuando le he dicho IES al insti del parque nunca ha pasado nada.
Así que cuando fui al médico con papá, y decía "Vazques", yo saltaba: "con s sin ánimo de ofender".
O cuando se apuntó al gimnasio, y le preguntaron el apellido, yo otra vez: "con s sin ánimo de ofender".
Papá me riñó, que dejara de decir eso no por nada, sino porque es muy largo y cansas a la gente.
Así que estuve pensando qué se hace con las palabras cuando son demasiado largas.
Y cuando fuimos a la iglesia para las bodas de oro de los abuelos, el cura nos habló con voz importante.
- Estamos aquí reunidos para celebrar que Agustín de Vázques...
- ¡Con ese al final s.a.d.o!
Nunca mamá me había pellizcado tan fuerte. Y luego mamá y papá me hicieron muchas preguntas sobre los programas que veo en la tele.
Es raro, cuando le he dicho IES al insti del parque nunca ha pasado nada.
lunes, 11 de julio de 2011
ABRACADABRA
La madre de Jorge Abadía tiene una palabra muy larga que repite todo el rato: porquéamíyonomemerezcoesto. Y es como una palabra mágica, porque todo el mundo siente pena por ella y la miman, y le hacen cariñitos y le compran cosas para que no haga pucheros. Esta palabra mágica es muy mágica porque sirve para muchas cosas. Cuando su amigo de facebook no le contesta un mensaje, porquéamíyonomemerezcoesto, y mamá le dice que su amigo es un tonto y que ella es guapísima y que todos los hombres son unos ca... Si la chica mayor que cuida a Jorge le da plantón porque se va a un festival de conciertos todo el fin de semana, porquéamíyonomemerezcoesto, y el papá de Jorge, que tiene dolor de cabeza, se queda con él para que la mamá de Jorge pueda ir a la belleza de pies y así ella no tenga estrés. Es mágica, mágica.
Y pensando, pensando, pensando, de repente se me ha ocurrido algo. La he escrito en un papel rosa con un rotu dorado. Debajo he puesto: ""una palabra mágica para que la gente te de besos cuando estás triste". Luego he subido a la buardilla y la he metido por debajo de la puerta de la vecina.
Al día siguiente se lo he contado a papá. Papá me ha sonreído y me ha dicho que las palabras mágicas sólo les funcionan a las brujas.
Así que no va funcionar, porque la vecina parece más una silenciosa princesa encantada.
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