miércoles, 21 de mayo de 2014

Lágrimas

Lloro por muchas razones. Si se me pasara por la cabeza publicar un inventario de motivos, tendría que reeditarlo, corregido y aumentado, cada cierto tiempo. Lloro sin querer, desde el estómago, con la presión de una cañería rota, hasta que me vacío por dentro. Nadie, ni yo misma, puede detener mis lágrimas. Empapo de pena y barro el alma del que trata de consolarme. Quien me ve llorar, también llora.

No lloro delante del que está llorando. Me guardo las lágrimas en la memoria y espero al siguiente reventón.

viernes, 9 de mayo de 2014

CRIAR MONSTRUOS PELUDOS

Dice la maestra que hay personas que han aprendido a equivocarse muy bien. Y que para aprender a equivocarse muy bien, hay que practicar mucho. Y que las personas que practican mucho eso de equivocarse muy bien, se mueren de ganas por enseñárselo a los demás y entonces...¡tachán! se hacen maestros.
La maestra también dice que las equivocaciones se alimentan del silencio y del miedo. Y que las personas que tienen miedo de hablar o de actuar, son como cajas oscuras de equivocaciones que nadie ve pero que van engordando, y engordando, y engordando, hasta convertirse en monstruos peludos incontrolables.

Mamá tenía uno de esos y ayer se despertó de su invernación.

 Como todas las tardes, papá llegaba a casa del trabajo con cara "de haberse dejado el alma olvidada en el perchero" (que dice mi abuela, la madre de mi madre) y mamá le iba a contar la lista de las cosas que pasan cuando él no está. El problema es que mamá tiene función microscopio: puede hacer que una cosa muy pequeña, muy pequeña, muy pequeña, parezca muy grande, muy grande y terrorífica. (Esto lo dice mi otra abuela, la madre de mi padre, cuando mi madre no está).

- Cariño, no sabes lo que me ha pasado hoy - ha dicho mi madre antes de que a mi padre le diera tiempo a sentarse en el sofá.

- Diimeee...

- Pues si me vas a responder así, no te lo cuento. Y a ver a quién se lo cuento. Porque estoy casada contigo, que yo sepa, no con el vecino de arriba.

- A ver, cuéntame.

- Pues se me ha ocurrido salir al rellano a retirar un poco de polvo, que menuda escalera nos está dejando la obra del portal, y he cogido un cartón, ni siquiera una escoba o una fregona, porque si hubiera sido una escoba o una fregona, aún, pero sólo ha sido un cartón, y he retirado lo justo para poder entrar a casa y, vamos, yo sin pensar en limpiar nada de nada, que eso ya lo haré cuando vea que acaban de taladrar, que para trabajar en balde, ya sabes que no valgo...

- No sé si te sigo, has retirado parte del polvo de la escalera con un cartón, ¿y...?

- Y hace una hora cojo el teléfono y tenía un mensaje en el contestador, y ¿a qué no sabes de quién era? De la ve-ci-na-den-fren-te. Sí, ya ves, un mensaje de la vecina que no tiene más que salir a la puerta y apretar el timbre.

- Sí que es raro, sí.. ¿y qué decía?

- Escúchalo tú mismo -respondió mamá. Y le acercó el teléfono a la altura de la nariz, como si además de sonido salieran olores y se oyó una voz un poco de fantasma de señora mayor que "todavía no ha visto la luz" que decía: Buenas tardes. Soy la vecina de enfrente. Ya he visto que has limpiado TU parte del rellano. La verdad es que no esperaba esto de ti, porque si yo no estuviera tan mayor y tan mal de las rodillas, habría limpiado todo el rellano, tu parte y mi parte. En fin, se ve que todos no somos iguales. 

A papá lo primero que le salió fue una carcajada de tres jas, esa que sirve para quitarle importancia a las cosas y le dio a mamá una solución: llamar a la vecina, explicarle lo que de verdad había pasado y limpiar todo el rellano. Y le acarició la cara con una sonrisa.

Pero mamá no entendió la carcajada de tres jas, no quería soluciones fáciles y apartó la cara de la mano de papá como si le hubiera dado corriente. Luego fue cerrando los ojos hasta dejar el sitio justo para ver y los huecos de la nariz empezaron a hincharse y deshincharse cada vez a más velocidad.

Mamá tenía una equivocación dentro que llevaba comiendo mucho tiempo y que había decidido salir a tomar el aire.

- ¿Pero es que nunca me puedes dar la razón en nada? Me tratas como si fuera idiota. Siempre me haces lo mismo. Don Inteligente, para todo tienes solución. Todo lo que digo son tonterías. A lo mejor habrías preferido casarte con la vecina de enfrente...

- Pero si tiene setenta años, mujer...- respondió mi padre con algo de precaución.

- Claroooo, mejor con la de la buhardilla, que es joven, guapa y como tiene una carrera, seguro que no decía tantas tonterías como yo.

Y se metió en la cocina dando un portazo.

Entonces me acordé de algo que también dijo la maestra. Muchas veces nosotros somos un poco responsables de las equivocaciones peludas de los demás, pero sólo el que las ha criado dentro tiene el poder para desintegrarlas. Y eso es lo que significa equivocarse muy bien.


viernes, 18 de abril de 2014

EL TÍO CARLOS

El tío Carlos es el hermano de mamá, pero mamá siempre dice que no parece de la familia.

Yo también lo pienso, y me parece fatal que no lo estén investigando.

El tío Carlos camina como si los codos y las muñecas no le ajustasen bien. Los brazos y las piernas le tiemblan como a los muñecos de los coches. Usa ropa una talla mayor a la suya. 

Pero lo que no sabéis de mi tío Carlos es su discapacidad. 

Resulta que el tío Carlos no tiene gusto. Lo sé porque se lo oí decir a mamá el otro día. El tío Carlos iba caminando por delante de nosotros, cuando mamá lo miró con cara de pena, movió la cabeza de lado a lado y puso voz de sufrimiento:

- Mi hermano Carlos no tiene gusto.
- Mujer, ¿qué importancia tiene eso? Carlos es una excelente persona.

 Estoy orgullosa de papá, que como la maestra, cree en la integración de las personas con discapacidad. Yo no sabía que había personas que no tenían gusto. Y no entiendo por qué lo invitamos siempre a comer. Me perecería muuucho mejor invitarlo al cine. Pero el tío Carlos es muy amable y siempre dice con una sonrisa que está todo muy bueno.

- Cocinas de maravilla, hermana.
- No lo dices en serio... -dice mamá poniendo voz tontita.
- Claro que no, mamá -le digo yo- pero podías ser más amable, que el tío Carlos está haciendo un esfuerzo por agradarte.

 Y le miro con una de mis sonrisas de oreja a oreja.

El tío Carlos no deja de sonreír nunca, a pesar de que no tiene novia (dice que las mujeres que le presenta mamá son más bien sosas -¡qué sentido del humor!), ni gusto. Sonríe a pesar de que nadie se ha molestado en investigar cómo ha llegado a esta familia.

jueves, 27 de marzo de 2014

MÁQUINAS

Hoy la maestra nos ha contado la diferencia entre las personas y las máquinas. Yo os voy a hacer un resumen, que sé hacerlo porque lo estudiamos en el tema 10 de Lenguaje.

Las máquinas están hechas para funcionar de una forma que alguien ha decidido por ellas. Y si no, es que no funcionan, nos cansamos de ellas y las llevamos al punto limpio.

Las personas no. Sabes más o menos, pero nunca del todo. Son sorprendentes. Por eso nos gusta más pasar la tarde con nuestros amigos que con la lavadora. Aunque la lavadora funciona mejor y es más fácil adivinar qué va a hacer en cada momento.

Hay personas que funcionan de una forma que alguien ha decidido por ellas, como las lavadoras, que tienen programas, como la tele, que también tiene programas que no sirven para lavar (aunque la abuela dice que sí lavan el cerebro).

Que me lío.

Lo mejor es que hasta las personas que tienen programas te sorprenden alguna vez, porque esos programas tienen fallos, que la maestra llama "debilidades".

Las debilidades son buenas porque ponen más cara de persona y menos de máquina. 

Dice la vecina que ella tiene muchas debilidades, pero que la mejor de todas soy yo.

Con la vecina no te aburres nunca.

viernes, 21 de marzo de 2014

Treinta y siete meses

Él no lloraría en mi entierro.

Estaría pendiente de mí cuando la fuerza centrífuga de una conversación de programa largo me expulsara por el desagüe a mi país de las maravillas particular. Se dirigiría a mí con una pregunta-despertador de las fáciles, de las que me dejan en buen lugar ante los amigos. Los veinte minutos siguientes me vigilaría de reojo y sonreiría tímidamente.
Me buscaría la mirada en los ojos.

Pero no lloraría en mi entierro.

Alba sí lo haría. Alba sentiría pena y rabia.

domingo, 22 de diciembre de 2013

92 meses

Subo las escaleras hasta el ático donde vivo de prestado. Lo hago desde el primer día, en una especie de viacrucis irracional que me he impuesto a mí misma como si de un voto se tratase.


Primer descansillo. Las puertas de los primeros están decoradas con coronas verdes y rojas. Cuando las miro, no puedo evitar pensar en un funeral. La madera brilla como un ataúd. Parece que no están en casa.

Segundo descansillo. Alba ya está despierta y juega a cantar la lotería de navidad. La puedo imaginar abriendo el bote de los garbanzos perseguida por su madre, que prefiere que cante los premios con los Ferrero-Roché.

Tercer descansillo. Las asas de plástico se me clavan en los dedos y tengo que detenerme a descansar. Me miro las manos enrojecidas que laten como seres vivos independientes. 

Cuarto descansillo. Se escuchan las voces de los niños de San Ildefonso mezcladas con ruidos de cacerolas, ventanas que se cierran y tenedores batiendo huevos. 

Quinto descansillo. 12531... 1.000 eeeurooos, 38280...1.000 eeeurooos... Me vienen a la cabeza mi madre y mi abuela rezando una letanía con las piernas atrapadas en las faldas de la mesa camilla. Las cuentas del rosario entre sus dedos, las bolas del sorteo ensartadas una tras otra con un rezo semejante, o al menos con la misma fe. 
           1.000 euros, ora pro nobis.

Sexto descansillo. Tenemos la terminación del gordo, cariño. Este año no perdemos. Me pregunto qué se han jugado este año los del sexto y dudo de que hayan perdido alguna vez. Un tal Charpentier habla de la contrarreforma del éxito y yo me pregunto cuánto falta para que los del sexto propongan mi expulsión de la escalera por fracasada penitente.

Séptimo descansillo. Apenas puedo levantar ya las dos bolsas y me pregunto si voy a ser capaz de subir las últimas escaleras. Escucho el ruido del ascensor deteniéndose en el ático. Acelero el paso y antes de llegar a mi rellano me recibe una voz de niña-premio que me grita:

- ¡Subeeeee, correeee, que he hecho mi sorteo de la lotería y te ha tocado!


domingo, 17 de noviembre de 2013

CANIBALISMO

El otro día subí a ver a la vecina, que estaba con su amiga la que conoce a Visnú estudiando arte. El arte se puede crear y también se puede estudiar en la universidad. Está chulo.

La vecina tenía encima de la mesa un dibujo oscuro en el que había un monstruo comiéndose a una persona por un brazo. La vecina, como si fuera una maestra, me explicó que lo había pintado un señor que se llamaba Goya, y que era una representación de canibalismo.

-¿Qué es canibalismo?

Y me explicó qué era el canibalismo, que me pareció algo asqueroso, y que no me preocupara que no me iba a encontrar a ningún caníbal en el ascensor.

- Bueno, bueno -dijo la amiga de Visnú con voz de dar miedo- no estés tan segura de eso. Seguro que en este edificio hay más de un caníbal postmoderno. 

La vecina la miró con ojos de reñir y yo no podía aguantar ni un segundo más sin saber qué era un caníbal pos moderno  así que me pasé toda la semana buscando a gente moderna que pudiera ser un caníbal. Y, el domingo por la mañana, cuando parecía que ya no lo iba a encontrar, me senté con mamá a ver su canal preferido, y allí estaban todos. 

Los caníbales pos modernos son señores o señoras muy bien vestidos y que tienen muchos dólares y que están muy flacos, con cara de no haber comido en un mes. Un día se van a una pastelería y se reúnen con el jefe de los pasteleros y le dicen que quieren que les haga una tarta gigantesca y que tiene que tener la forma de la cosa que más quieren, que suele ser su perro, su gato, su periquito o su coche descapotable. Luego los pasteleros se ponen histéricos y al final, después de estar trabajando horas y horas y horas, les llevan a su casa una tarta que no parece una tarta, sino su perro, su gato, su periquito o su coche descapotable. Y entonces, el señor o la señora muy bien vestidos, flacos y con muchos dólares, se emocionan y siempre dicen que les da mucha pena comerse la tarta, porque es como su perro, su gato, su periquito o su coche descapotable. Pero de repente, cogen un cuchillo y le cortan una oreja, una pata, el maletero, y se llenan todos la boca de sus cosas más queridas, que quedan destrozadas encima de una bandeja. Y ríen, mientras hablan con la boca llena.

En realidad, les gustaría ser caníbales de verdad, pero como viven muy bien, no quieren ir a la cárcel y se conforman con ser caníbales de dulce, por eso no hacen más que repetir que las tartas tienen que ser idénticas a los animales y a los coches de verdad, para que puedan sentirse lo más caníbales que puedan.

A mamá le gustan mucho esos programas. Y se los traga todos, uno detrás de otro. Así mata el gusanillo del canibalismo (come por los ojos, como dice la abuela), porque ella no tiene dólares, ni euros, ni un puñetero duro (que es una moneda antigua que ya no sirve para comprar nada pero que mamá le tiene cariño, porque siempre la nombra. A lo mejor da suerte).